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Subsidiaridad

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Es imposible promover la dignidad de la persona si no se cuidan la familia, los grupos, las asociaciones, y las realidades territoriales locales, en definitiva, aquellas expresiones agregativas de tipo económico, social, cultural, recreativo, profesional y político a las que las personas dan vida espontáneamente y que hacen posible su efectivo crecimiento social.vi La familia, basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, es la primera y la fundamental unidad de la sociedad. Este santuario para la creación y crianza de los niños no deberá ser redefinida, socavada, o descuidada. El apoyar a las familias debería ser una prioridad para las políticas económicas y sociales. La forma en que organizamos nuestra sociedad—en las áreas económica y política, en el derecho y la política pública— afecta el bienestar de las personas y de la sociedad. Toda persona y asociación tiene el derecho y la obligación de participar en configurar a la sociedad para promover el bienestar de las personas y el bien común.

El principio de la subsidiaridad nos recuerda que las instituciones más grandes en la sociedad no deberían abrumar o interferir con las instituciones que son más pequeñas o tienen carácter local; sin embargo, las instituciones más grandes tienen responsabilidades esenciales cuando las instituciones más locales no pueden adecuadamente proteger la dignidad humana, responder a las necesidades humanas, y promover el bien común.vii


vi Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, no. 185.

vii Centesimus Annus, no. 48; Dignitatis Humanae, nos. 4-6


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