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¿Hay cuestiones “no negociables” en la política?

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Cuando el tema de los “principios morales que no admiten excepciones, compromiso o derogación alguna” se planteó con el Papa Emérito Benedicto XVI, como encargado de la Congregación para la Doctrina de la Fe, escribió lo siguiente:

Cuando la acción política tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad. Ante estas exigencias éticas fundamentales e irrenunciables, en efecto, los creyentes deben saber que está en juego la esencia del orden moral, que concierne al bien integral de la persona humana.  Este es el caso de las leyes civiles en materia de aborto y eutanasia (que no hay que confundir con la renuncia al ensañamiento terapeútico, que es moralmente legítima), que deben tutelar el derecho primario a la vida desde su concepción hasta su término natural. Del mismo modo, hay que insistir en el deber de respetar y proteger los derechos del embrión humano. Análogamente, debe ser salvaguardada la tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monogámico entre un hombre y una mujer y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio. A la familia no pueden ser jurídicamente equiparadas otras formas de convivencia, ni éstas pueden recibir, en cuánto tales, reconocimiento legal. Así también, la libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos. Del mismo modo, se debe pensar en la tutela social de los menores y en la liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud (piénsese, por ejemplo, en la droga y la explotación de la prostitución). No puede quedar fuera de este elenco el derecho a la libertad religiosa y el desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, en el respeto de la justicia social, del principio de solidaridad humana y de subsidiaridad, según el cual deben ser reconocidos, respetados y promovidos “los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio”. Finalmente, cómo no contemplar entre los citados ejemplos el gran tema de la paz. Una visión irenista e ideológica tiende a veces a secularizar el valor de la paz mientras, en otros casos, se cede a un juicio ético sumario, olvidando la complejidad de las razones en cuestión. La paz es siempre “obra de la justicia y efecto de la caridad”; exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política. (Nota doctrinal Note sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, Congregación para la Doctrina de la Fe , 4.)

Para un católico(a), el vivir su fe y estos principios no es un asunto “negociable”. Estas son verdades fundamentales y principos morales que deben observarse sin excepción. No todas éstas son equivalentes, pero todas se deben considerar al momento de decidir cómo votar. Las personas de buena voluntad podrían tener diferncias de opinión legítimas acerca de cómo promueven estos principios las iniciativas políticas. (Vea: Las dos tentaciones .)  Aplicarlas en la participación cívica es cuestión de usar el juicio prudencial basado en la conciencia bien formada.

La tradición de nuestra fe tiene muchos ejemplos de personas que han demostrado gran valor y perseverancia frente a la enorme presión de comprometer los principios fundamentales:

La Iglesia venera entre sus santos a numerosos hombres y mujeres que han servido a Dios a través de su generoso compromiso en las actividades políticas y de gobierno. Entre ellos, Santo Tomás Moro, proclamado Patrono de los Gobernantes y Políticos, que supo testimoniar hasta el martirio la “inalienable dignidad de la conciencia humana”. Aunque sometido a diversas formas de presión psicológica, rechazó toda componenda, y sin abandonar la «constante fidelidad a la legítima autoridad e instituciones» que lo distinguía, afirmó con su vida y su muerte que “el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral”. (Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, Congregación para la Doctrina de la Fe, 1.)

Como votantes y funcionarios públicos tenemos el llamado a ser tan valientes como Santo Tomás Moro.


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