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¿Cómo ayuda la Iglesia a los fieles católicos a tratar las cuestiones políticas y sociales?

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Una conciencia bien formada

La Iglesia provee a sus miembros lo necesario para tratar cuestiones políticas y sociales al ayudarlos a desarrollar conciencias bien formadas. “La conciencia es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto. . . . [Toda persona] está obligada a seguir fielmente lo que él [o ella] sabe que es justo y recto” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 1778).

Nosotros los católicos tenemos la obligación de toda la vida de formar nuestras conciencias conforme a la razón humana, iluminada por las enseñanzas de Cristo, así como las recibimos por medio de la Iglesia.

La virtud de la prudencia

La Iglesia también anima a los católicos a desarrollar la virtud de la prudencia, la cual nos permite “discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo”

(Catecismo de la Iglesia Católica, no. 1806). La prudencia forma e informa nuestra capacidad para deliberar sobre las alternativas disponibles, identificar cuál es la más adecuada en un contexto específico y actuar. La prudencia deberá ser acompañada por la valentía, la cual nos llama a actuar. Cuando los católicos buscan promover el bien común, debemos discernir cuidadosamente qué políticas públicas son moralmente sólidas. En ocasiones, los católicos podrían elegir diferentes maneras de responder a los problemas sociales, pero no podemos alejarnos de nuestra obligación de proteger la vida y la dignidad humana y ayudar a construir, mediante medios morales, un mundo más justo y pacífico.

Hacer el bien y evitar el mal

Hay cosas que nunca debemos hacer, ni como individuos ni como sociedad, porque estas son siempre incompatibles con el amor a Dios y al prójimo. Estos actos intrínsecamente malos siempre se deben rechazar y nunca apoyar. Un ejemplo claro es quitar intencionalmente la vida de un ser humano inocente, como es el caso del aborto provocado. Asimismo, la clonación humana, la investigación científica destructiva de embriones humanos y otros actos que violan directamente la santidad y la dignidad de la vida humana, como lo son el genocidio, la tortura y atentar contra los no combatientes en actos terroristas o de guerra, jamás pueden ser justificados. Las violaciones de la dignidad humana, tales como los actos de racismo, tratar a los trabajadores como meros medios para un fin, someter deliberadamente a los trabajadores a condiciones de vida infrahumanas, tratar a los pobres como objetos desechables, o redefinir el matrimonio para negar su significado esencial, tampoco pueden ser jamás justificadas.

Oponerse a actos intrínsecamente malos debería también abrirnos los ojos a nuestro deber positivo de contribuir al bien común y de actuar solidariamente para con los necesitados. Tanto oponerse al mal como hacer el bien son obligaciones esenciales. Como dijo San Juan Pablo II: “el hecho de que  solamente los mandamientos negativos obliguen siempre y en toda circunstancia, no significa que, en la vida moral, las prohibiciones sean más importantes que el compromiso de hacer el bien, como indican los mandamientos positivos”.(i) El derecho básico a la vida implica y está ligado a otros derechos humanos como el derecho a los bienes fundamentales que toda persona humana necesita para vivir y desarrollarse plenamente—incluyendo el alimento, la vivienda, el cuidado médico, la educación y un trabajo digno.

Evitar dos tentaciones

Dos tentaciones de la vida pública pueden distorsionar la defensa que hace la Iglesia de la vida y la dignidad humana: La primera es una equivalencia moral que no hace distinciones éticas entre las diferentes clases de cuestiones que tratan la vida y la dignidad humanas. La destrucción directa e intencionada de la vida de personas inocentes, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural es siempre mala y no es simplemente una cuestión entre muchas otras. Siempre debe ser rechazada. La segunda es el uso indebido de estas distinciones morales necesarias como una manera de rechazar o ignorar las amenazas serias a la vida y dignidad humanas. El racismo y otras discriminaciones injustas, el uso de la pena de muerte, recurrir a una guerra injusta, la degradación del medio ambiente, el use de la tortura, los crímenes de guerra, la falta de acción para responder a los que sufren a causa de hambre o falta de cuidado sanitario o vivienda, la pornografía, la trata de personas, la redefinición del matrimonio civil, la puesta en peligro de la libertad religiosa o una política inmigratoria injusta son todas ellas cuestiones morales serias que retan a nuestra conciencia y requieren que actuemos.

Tomar decisiones morales

Los obispos no le dicen a los católicos cómo votar; la responsabilidad de tomar decisiones políticas depende de cada persona y de su conciencia bien formada, apoyado(a) por la prudencia. Este ejercicio de la conciencia comienza con una oposición inmediata a las políticas que violan la vida humana o debilitan su protección.

Cuando ya existen leyes moralmente defectuosas, el juicio prudencial es necesario paradeterminar cómo hacer lo posible para restaurar la justicia—aunque sólo sea parcial o gradualmente—sin nunca abandonar el requerimiento moral de proteger plenamente toda vida humana, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural (vea el Evangelium Vitae, no. 73, del Papa San Juan Pablo II).

El juicio prudencial también es necesario para determinar la mejor manera de promover el bien común en áreas tales como la vivienda, el cuidado médico y la inmigración. Cuando los líderes de la Iglesia hacen juicios sobre cómo aplicar la doctrina católica a políticas específicas, estos no podrían tener la misma autoridad moral vinculante que tienen los principios universales morales, pero no se pueden ignorar como si tratara sólo de una opinión política entre otras. Estas aplicación moral debería informar la conciencia y orientar las acciones de los católicos.

Como católicos, no votamos basándonos en una sola cuestión. La posición de un candidato respecto a una sola cuestión no es suficiente para garantizar el apoyo del votante. Sin embargo, la posición de un candidato respecto a una sola cuestión relacionada con un mal intrínseco, como es el apoyo al aborto legal o la promoción del racismo, puede llevar legítimamente al votante a descalificar a un candidato y no recibir su apoyo. 


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